Trozos de trazos: León Tolstói
En el fondo de su alma, Iván Ilich
sabía que estaba muriendo, pero no sólo no se había acostumbrado a ello, sino
que simplemente no podía entenderlo, no lograba concebirlo.
Aquel ejemplo de
silogismo que aprendió en la lógica de Kizeveter: «Cayo es un hombre, los
hombres son mortales, por lo tanto, Cayo es mortal», le había parecido correcto
durante toda su vida sólo en relación con Cayo, pero nunca con él mismo. Cayo
era un hombre, en general, un ser humano, y eso era completamente cierto; pero
él no era Cayo ni un hombre cualquiera, él siembre había sido un ser
completamente único, diferente a los demás. Él era Vania, con su mamá, su papá,
con Mitia y Volodia, con sus juguetes, el cochero la niñera, luego Katia, y con
todas las alegrías, penas y entusiasmos de su infancia, juventud y madurez.
¿Acaso para Cayo
existía ere aroma del balón de cuero con tiras que tanto le gustaba a Vania?
¿Acaso Cayo besaba la mano de su madre con esa ternura? ¿O para Cayo susurraban
de la misma forma las sedas de los pliegues del vestido de su madre? ¿Acaso
Cayo se rebelaba por los pastelitos en la Escuela de Derecho? ¿Acaso Cayo amaba
de esa manera? ¿Acaso Cayo conducía una sesión con igual destreza?
Cayo, ciertamente,
es mortal, y es natural que muera, pero yo, Vania, Iván Ilich, con todos mis
sentimientos, pensamientos…, eso es algo completamente distinto. No puede ser
que yo deba morir.
León Tolstói
La muerte de Iván
Ilich (fragmento)

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