Trozos de Trazos (Antonio Tabucchi)

 

IV

 

«Qué hacemos dentro de esos cuerpos», dijo el señor que se disponía acostarse en la cama contigua a la mía.

Su voz no tenía un tono interrogativo, tal vez no era una pregunta, era sólo una constatación, a su manera, de todos modos hubiera sido una pregunta a la que no habría podido responder. La luz procedente de los andenes de la estación era amarilla y dibujaba en las paredes desconchadas su sombra delgada que se movía en la habitación con ligereza, con prudencia y discreción, me pareció, como se mueven los indios. A lo lejos se oía una voz lenta y monótona, tal vez una plegaria o un lamento solitario y sin esperanza, como esos lamentos que se expresan únicamente a sí mismos, sin pedir nada. Para mí era imposible descifrarlo. La India también era esto: un universo de sonidos romos, indiferenciados, indistinguibles.

«Tal vez viajamos en su interior», dije yo.

Debía haber pasado un cierto tiempo desde su primera frase, me había perdido en consideraciones lejanas: algún minuto de sueño, tal vez. Estaba muy cansado.

Él dijo: «¿Cómo ha dicho?».

«Me refería a los cuerpos», dije yo, «a lo mejor son como maletas, nos transportamos a nosotros mismos».

Encima de la puerta había una veilleuse azul, como en los vagones de los trenes nocturnos. Al mezclarse con la luz amarilla procedente de la ventana creaba una luz verdosa, como de acuario. Le miré y bajo la luz verdusca, casi luctuosa, vi el perfil de un rostro afilado, con una nariz ligeramente aquilina, las manos sobre el pecho.

«¿Conoce a Mantengna?», le pregunté. Mi pregunta también era absurda, aunque no menos que la suya, ciertamente.

«No», dijo, «¿Es un indio?».

«Es un italiano», dije yo.

«Sólo conozco a ingleses», dijo, «los únicos europeos que conozco son ingleses».

El lamento lejano volvió a oírse con mayor intensidad, ahora era muy agudo, por un instante pensé que pudiera tratarse de un chacal.

«Es un animal», dije, «¿usted qué cree?».

«Creía que era un amigo suyo», respondió en voz baja.

«No, no», dije, «Me refería a esa voz que llega de fuera, Mantegna es un pintor, pero yo no le conocí, murió hace varios siglos».

El hombre respiró profundamente. Iba vestido de blanco pero no era musulmán, esto lo comprendí. «Yo he estado en Inglaterra», dijo, «pero también hablaba francés, si lo prefiere podemos hablar francés. Su voz era absolutamente neutra, como si hiciese una afirmación frente a una ventanilla de una oficina ministerial; y esto, no sé por qué, me turbó. «Es un jainista», dijo tras unos segundos, «llora por la maldad del mundo».

Respondí: «Ah, claro», porque había entendido que ahora se refería al lamento que se oía a lo lejos.

«En Bombay no hay muchos jainistas», dijo luego con el tono de quien explica el hecho a un turista, «en el sur sí, aún hay muchos. Es una religión muy hermosa y muy estúpida». Lo dijo sin ningún desprecio, siempre con ese mismo tono neutro de deposición.

«¿Usted qué es?», pregunté, «le ruego que disculpe mi indiscreción».

«Soy jainista», dijo.

El reloj de la estación dio las doce campanadas de la medianoche. El lamento lejano cesó bruscamente, como si esperase el tañido del reloj. «Ha empezado un nuevo día», dijo el hombre, «desde este momento es un nuevo día».

Permanecí en silencio, sus afirmaciones no daban lugar a interlocuciones. Pasaron unos minutos, me pareció que las luces de los andenes se habían debilitado. La respiración de mi compañero era ahora pausada y lenta, como si durmiese. Cuando de nuevo habló tuve una especie de sobresalto. «Voy a Varanasi», dijo, «¿usted a dónde va?».

«A Madrás», dije yo.

«Madrás», dijo él, «sí, sí».

«Me gustaría ver el lugar donde se dice que el apóstol Tomás sufrió el martirio, los portugueses construyeron allí una iglesia en el siglo XVI, no sé si seguirá en pie. Y luego debo ir a Goa, a consultar una vieja biblioteca, ésa es la razón por la que he venido a la India».

«¿Es un peregrinaje?», preguntó él.

Dije que no. O mejor dicho, sí, pero no en el sentido religioso de la palabra. Todo lo más era un itinerario personal, ¿cómo decirlo?, buscaba únicamente huellas.

«Es usted católico, supongo», dijo mi compañero.

«Todos los europeos son católicos, de alguna forma», dije yo. «O en definitiva cristianos, es prácticamente lo mismo».

El hombre repitió mi adverbio como si lo saborease. Hablaba un inglés muy elegante, con pequeñas pausas y arrastrando las conjunciones tras una leve hesitación, como acostumbran a hacer en algunas universidades, reconocí. «Practically… Actually», dijo, «curiosas palabras, cuántas veces las he oído en Inglaterra, ustedes los europeos utilizan frecuentemente estas palabras». Siguió una pausa más larga, pero comprendí que no había acabado de hablar. «Todavía no he podido establecer si es por pesimismo o por optimismo», prosiguió, «¿usted qué cree?».

Le pregunté si podía explicarse mejor.

«Oh», dijo, «es difícil explicarse mejor. Verá, a veces me pregunto si es una palabra que indica soberbia o si en cambio significa únicamente cinismo. Y quizá mucho miedo, también. ¿Me comprende usted?».

«No lo sé», dije yo, «no es muy fácil. Pero tal vez la palabra “prácticamente” no quiera decir prácticamente nada».

Mi compañero se rió. Era la primera vez que lo hacía. «Es usted muy hábil», dijo, «me ha ganado y a la vez me ha dejado ganar, prácticamente».

También yo me reí, y luego me apresuré a decir: «De todas formas, en mi caso es prácticamente miedo».

Permanecimos unos instantes en silencio, luego mi compañero me pidió permiso para fumar. Rebuscó en una bolsa que tenía junto a la cama y el olor de esos cigarrillos indios diminutos y aromáticos, hechos con una sola hoja de tabaco, se propagó por la habitación.

«Hace tiempo leí los Evangelios», dijo, «es un libro muy extraño».

«¿Sólo extraño?», pregunté.

Pareció dudar. «También lleno de soberbia», dijo, «y no lo digo con mala intención».

«Temo no haberle entendido bien», dije yo.

«Me refería a Cristo», repuso.

El reloj de la estación dio las doce y media. Sentía que el sueño se iba apoderando de mí. Desde el parque de detrás de las vías llegó el graznido de los cuervos. «Varanasi es Benarés», dije, «es una ciudad santa, ¿también usted hace un peregrinaje?».

Mi compañero apagó el cigarrillo y tosió levemente. «Voy a morir», dijo, «me quedan pocos días de vida». Se acomodó la almohada bajo la cabeza. «Pero tal vez convenga dormir», prosiguió, «no tenemos muchas horas de sueño, mi tren sale a las cinco».

«El mío sale poco después», dije.

«Oh, no tema», dijo él, «el sirviente le despertará a tiempo. Supongo que no tendremos oportunidad de volvernos a ver con las apariencias bajo las que nos hemos conocido, nuestras actuales maletas. Le deseo buen viaje».

«También yo se lo deseo a usted», respondí.

 

 

Antonio Tabucchi, Nocturno hindú (fragmento).




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